A veces me ayuda recordarme estas tres características del diablo para superar las tentaciones. Por ese motivo, voy a poneros lo que me obligo a pensar de él cuando me tienta, por si también os ayuda.
-Me odia a muerte. No es simplemente una "mala compañía", tal y como la entendemos hoy: no es un amigo gracioso pero gamberro con el que es mejor no estar porque, aunque te lo pasas bien con él, puedes acabar mal. El diablo no busca mi bien, en ningún sentido; me odia con todas sus fuerzas y quiere que yo sufra tanto como esté en su mano. Y para hacerlo hará lo indecible por apartarme de la verdad.
-No quiere satisfacerme. Cuando Satán me ofrece placeres desordenados (sean físicos o espirituales, no estoy hablando de pecados concretos) lo hace para destruirme. Pero al diablo no le gusta el placer, y si pudiese hacerme pecar sin darme placer lo haría. El placer lo creó Dios, "y vio que era bueno". Lucifer lo usa como reclamo para atraer incautos, pero él lo detesta, como detesta todo lo que hizo Dios (incluído él mismo).
-El diablo es un traidor. Hace como que es mi amigo al tentarme, pero una vez he caído se dedica a burlarse de mí y a echarme en cara y hacerme sufrir por mi falta, intentado convencerme de que soy escoria. Él es el que se presenta ante Dios en el juicio de cada alma y, señalándola, la acusa de todos los pecados que él mismo le hizo cometer. Es el maestro del juego sucio.
Cuando todas estas cosas han pasado por mi cabeza, y le veo tal cual es, me encomiendo a la virgen (Luzbel está bajo sus pies), a san Benito ("Vade retro, Satanás") y me río en su cara (cosa que odia porque es un orgulloso). Y con estas tres armas he conseguido varias buenas victorias, os lo puedo asegurar. No es que nunca caiga... pero sigo de pie.